viernes, 2 de octubre de 2015

MEMORIAS DE EL PROVENCIO - Eulises


EL RÍO

   Acuarela de Mercedes Peña

Las últimas veces que el sexagenario (en adelante Genario, para abreviar) había vuelto a El Pro- venció, el Záncara bajaba medio seco o ni siquiera bajaba. Pero ese día de abril, las lluvias recientes habían  aumentado considerablemente su caudal y la corriente alcanzaba a lamer ambos lados del cauce, si bien con profundidad modesta. Era la ocasión que Genario había estado esperando durante años y de ninguna manera podía dejarla escapar.
El día siguiente amaneció soleado, con alguna nubecilla, y aunque la mañana estaba  fresca en demasía para sus propósitos no era cosa de volverse atrás. Cruzó la carretera general por donde el taller de Melquíades y se asomó por el puente que inicia la carretera de La Alberca. Perfecto; el agua corría tranquila y aparentemente limpia. Echó a andar a buen paso, río arriba, por el camino de la derecha. Un tractor lo adelantó, obligándole a detenerse unos instantes hasta que se disipó la polvisca que iba levantando. Cuando estimó que había llegado a la altura del punto de destino, se salió de la vereda y, atravesando un sembrado, se dirigió al río. A poca distancia vio salir corriendo una liebre y luego otra... “Cuando abran  la veda, algunos se van a poner las botas”,  pensó. 
Se subió al lomo del valladar y miró desconcertado a ambos lados. El barranco tenía que estar allí, pero no había ni rastro del mismo.  En los años 50, en ese lugar, había un ensanche del río, pero ahora  era estrecho por igual en todo el recorrido que alcanzaba a divisar. Tras unos instantes de titubeo, finalmente concluyó que sí, que estaba en el sitio justo. Con mucho cuidado, se deslizó de culo por el valladar, apartó el espeso carrizo y se situó en mitad de la corriente que le llegaba por la cintura. ¡Sí señor, aunque ya no se parecía en nada, estaba en el barranco que  llamaban La Piscina!
Sesenta años atrás, ese barranco tenía el acceso en playita y diferentes profundidades, apto  tanto para los que sabían nadar (a lo perrete o a cuchillo, claro) como para los que no y gateaban poniendo las manos en el lecho del río, simulando que sabían.  Allí se bañaba en agosto alguna atrevida señorita de la capital que veraneaba en el pueblo, pero se marchaba pronto, harta de la caterva de guachos que la miraba (por curiosidad, naturalmente, ya ves tú las criaturas…). Por las tardes, ya entre dos luces, a veces venían a bañarse en camisón algunas muchachas del pueblo. Al salir del agua chorreandico, con el camisón pegado al cuerpo, otras mujeres las esperaban en la orilla con sábanas desplegadas y las envolvían rápidamente para  secarlas y hurtarlas de las posibles miradas de algún mozo que acaso merodeara emboscado por la zona. Los veranos que medio se secaba el río, el barranco bullía de peces que boqueaban en el cieno, emanando el rodal un intenso olor que Genario todavía llevaba clavado en la sesera. Ese era buen momento para llenar los botes de renacuajos y para coger cangrejos sacándolos a mano de las cabulleras el que tuviera valor y destreza.  

Genario se ajustó el cinturón del meyba, y se tendió en el agua. Superado el inevitable escalofrío, empezó a nadar despacio a favor de la corriente. La poca profundidad y el carrizo le obligaban a pasar andando algunos tramos (previsoramente se había calzado unas zapatillas de goma). El repentino revoloteo, casi pegado a su oreja, de un ave espantada le hizo dar una resultía. “¿Habrá sido un pato o una polla de agua?” se preguntó, mientras mordisqueaba un junco por la parte blanca, comprobando que seguía sin gustarle. Ya se veían pocos juncos en el río. ¿Tendría que ver la escasez con su caída en desuso como transporte de churros?
Al cabo de unos minutos calculó que había llegado al barranco de “Los Mocicos”, antaño el más largo y recto, el lecho de pequeño canto rodado, donde se solían bañar los mocicos, (de ahí su nombre). Los de más edad nadaban sacando los brazos estirados fuera del agua posándolos con elegante parsimonia y los más jóvenes, con mucho brío y rapidez, alguno de ellos como repartiendo hostias.  Los críos disfrutaban rebozándose como boquerones en harina en la tierra de la orilla  y lanzándose al agua, con el consiguiente cabreo de los mayores, especialmente de uno, tranquilo y mansurrón él, que usaba gorro de goma con forma de fuelle.
Genario se puso panza arriba haciendo el muerto. Mientras su cuerpo era llevado despacio por la corriente,  revivió la inmensa paz de un atardecer, cuando ya se habían ido todos los bañistas y la superficie del agua, espejeando los últimos rayos de sol,  se empezaba a repoblar de zapateros y de pajas trilladas de las eras cercanas y alguna golondrina pasaba en rapidísimo vuelo rasante, emitiendo agudos trisos.
Siguió un rato en esa posición, ayudándose de ligeras brazadas para mantenerse a flote. De vez en cuando, oía el chapoteo de alguna rata de agua (suponía) que, sorprendida por su presencia, se mudaba de sitio.
Empezó a notar frío, así que decidió darse la vuelta y nadar vigorosamente. La corriente a favor le hacía avanzar deprisa. Genario, pensó que debajo del agua se entonaría. Tomó aire y se sumergió justo en el momento que una nube ocultaba el sol y el agua transparente se oscurecía.  Quizá por efecto de la falta de luz, tuvo la sensación de que estaba atravesando un barranco de varios metros de profundidad. Miró hacia abajo y vio un bulto en el fondo. Se fijó un poco más y…¡un latigazo de terror le recorrió la espina dorsal, desde la curcusilla al cogote!: atrapado entre la hoba, de espaldas, hinchado y encogido,  un hombre era mecido por la corriente. De pronto, el cuerpo se desprendió de las algas y, dándose la vuelta,  empezó a ascender muy despacio, directamente hacia Genario, con los brazos abiertos,  mirándolo con sus ojos sin vida. El agua apagó el grito de Genario, que se incorporó lleno de espanto, tosiendo de la “gaseosa” que se había girado y apretándose el pecho con las dos manos porque se le salía el corazón. Tras unos segundos angustiosos, la nube pasó y el sol volvió a iluminar el río. Fue cediendo el jadeo ¡Joder, qué susto…! Poco a poco se fue serenando. Estaba erguido y se podía ver los pies a metro y medio bajo el agua, clara de nuevo. Tras meditar unos momentos,  comprendió que había sufrido una ilusión, inducida sin duda por el sitio donde se encontraba: el barranco de Linche, donde decían que se había ahogado un muchacho.
Ya completamente tranquilo, recordó. Este barranco era malo, porque aquí el cauce era más estrecho. El valladar, con mucha pendiente, era de amarilla greda, lo que hacía divertida la entrada escurriéndose hasta el agua, pero difícil y pringosa la salida. Miró a su izquierda y comprobó con pena que ya no estaba el magnífico árbol solitario que daba sombra al barranco.

Animado por la cercanía de los puentes, se puso a nadar de nuevo. Enseguida apareció el primero,  el de la carretera de La Alberca. Una vez atravesado, enseguida se encontró ante el puente de la carretera  general, causante, a decir de los del pueblo, de las inundaciones de los campos y de los cortes de carretera cuando venían los aguaduchos, por la poca capacidad de caudal de sus cuatro ojos. Genario rememoró la estampa que en su infancia veía desde la carretera: una inmensa planicie completamente cubierta de agua, como el mar, con los pinares a lo lejos, semejando la costa de un continente.

 Andando con cierta dificultad, atravesó el puente por el ojo que vio más luz. Cuando salió al otro lado, había bastante carrizo. Mucho más despejado estaba aquella tarde  de verano del cincuenta y tantos, en la que varios hombres, con trasmallos extendidos a lo ancho del río, capturaban decenas de peces que iban echando en capachos, jaleados por el alborozo de los amigos y familiares que contemplaban la gran pesca desde la orilla.
Después de remojarse la cabeza para quitarse las telarañas y otras inmundicias del techo del puente,  buscó la parte más limpia y continuó andando por el agua, Al poco, se detuvo y miró los modernos valladares de obra y las barandillas de madera que los coronaban. Quién diría que, otrora, por ese tramo discurrían dos cauces en paralelo: el río, propiamente dicho, y otro río o quizá un brazo sacado aguas arriba para mover la piedra del molino del pueblo y quizás de otros molinos ya en desuso como el molino Enmedio, que Genario no llegó a conocer. Calculó que se hallaba, más o menos, en el punto en el que ambos caudales se comunicaban por medio de La Zanja, un canalillo estrecho y hondo por el que pasaba el agua con extraordinaria fuerza y que saltarlo constituía para los guachos una prueba de valor, mal comparado como en el desafío del salto de la quebrada en la película  “Taras Bulba”.


                      Ruinas del molino “Enmedio”
Ya había llegado ante el puente del paseo. Le pareció más pequeño que cuando era un crío. Lógico. Sin embargo, ahora apreciaba la belleza de su fábrica de piedra. Pasó despacio por el ojo de la derecha y se detuvo a escuchar en su memoria el sonoro rumor de las aguas crecidas en invierno, que, como decía el cantar “debajo del puente retumbaba el agua, retumba, retumba”, mezclado con las voces infantiles amplificadas por la bóveda de ladrillo.

Al otro lado del puente, continuaba el nuevo valladar de obra, antaño espeso matorral, donde la chiquillería jugaba emboscada a los bandidos (“¡Pa, fulano!”, dicho en voz baja para no descubrir la posición, era el disparo que eliminaba al enemigo sorprendido).

Nadando deprisa porque ya veía el final del recorrido, llegó ante el puente del Rey y, no sin esfuerzo por lo empinado y liso del valladar, salió del cauce, bastante sucio en ese tramo, y se sentó en el pretil del puente. Durante unos minutos,  su pensamiento navegó aguas abajo hasta llegar al barranco de las Compuertas. Este barranco, el más profundo con diferencia, le parecía peligroso y siniestro, quizá por la prohibición (inútil, claro) de sus padres de bañarse allí, quizá por el color oscuro que confería al agua el suelo del cauce, encementado en ese tramo, que tenía  escasa profundidad en unos cuantos metros hasta que, bruscamente, la plancha de cemento se quebraba en una  honda sima, más negra aún, cuyo fondo pocos guachos alcanzaban buceando.


Ensimismado mirando la corriente, Genario recordó su infancia por aquellos parajes. Veía confirmarse  la teoría de Heráclito: nada quedaba ya de aquel río y menos aún del niño que se bañó en sus aguas.
-Ea, hermoso, así es la vida para todo el mundo- se dijo con filosófica resignación.
Sin embargo, la certidumbre de que aquel particular universo vivido se desvanecería en la nada cuando toda la chiquillería de aquellos años hubiera cruzado la carretera general camino de la blanca tapia por la que asoman los cipreses, le produjo un brotecillo de melancolía. Con este triste pensamiento, empapado y aterido de frío, echó a andar cansinamente camino del paseo, donde había dejado el coche, cerca del bar de Poro.
De pronto, una idea fulgió en su cerebro como la pólvora en la noche de  la víspera de la Virgen de Agosto: ¡Eso es! Escribiría todo lo que recordaba de esa época. Así pervivirían algunos retazos de los paisajes y ambientes de ese tiempo. Además, si lo introducía en Internet este medio permitiría las aportaciones de comentarios, fotos, aclaraciones, etc. de los muchachos de la década de los años 50 del siglo XX, hoy también sexagenarios como Genario. Quién sabe si dentro de cien o de mil años, algún provenciano curioso se toparía con este baúl de los recuerdos cibernético y se entretendría un ratillo con las estampas de ese mundo que, ya hoy, a principios del siglo XXI, parecía primitivo. Era muy poco probable, pero…  En todo caso, daba gusto pensarlo.

Animado con esta ocurrencia, Genario apretó el paso iniciando por lo bajinis la canción de Pepe Baldo “Pa donde vas Juan Salvador pregunta el trote de mi caballo…”. Ya veía el coche. En cuanto llegara a su casa, se pondría ropa seca, echaría una buena lumbre en la chimenea y le pediría a su mujer que pusiera trébedes y sartén y le preparara un par de huevos fritos y unos choricicos con pisto y, por qué no, también alguna magra de acompañamiento. Mientras se fuera haciendo todo, sentado junto al fuego, Genario se iría entonando con un cacho de queso bien curado en aceite y un generoso campano  de Canforrales.  ¡Por la Virgen del Rosario, que no era mal plan!