EL RÍO
Acuarela
de Mercedes Peña
Las últimas veces que el sexagenario (en
adelante Genario, para abreviar) había vuelto a El Pro- venció, el Záncara bajaba
medio seco o ni siquiera bajaba. Pero ese día de abril, las lluvias recientes
habían aumentado considerablemente su
caudal y la corriente alcanzaba a lamer ambos lados del cauce, si bien con
profundidad modesta. Era la ocasión que Genario había estado esperando durante
años y de ninguna manera podía dejarla escapar.
El día siguiente amaneció soleado, con alguna
nubecilla, y aunque la mañana estaba fresca en demasía para sus propósitos no era
cosa de volverse atrás. Cruzó la carretera general por donde el taller de
Melquíades y se asomó por el puente que inicia la carretera de La Alberca.
Perfecto; el agua corría tranquila y aparentemente limpia. Echó a andar a buen
paso, río arriba, por el camino de la derecha. Un tractor lo adelantó,
obligándole a detenerse unos instantes hasta que se disipó la polvisca que iba
levantando. Cuando estimó que había llegado a la altura del punto de destino,
se salió de la vereda y, atravesando un sembrado, se dirigió al río. A poca
distancia vio salir corriendo una liebre y luego otra... “Cuando abran la veda, algunos se van a poner las botas”, pensó.
Se subió al lomo del valladar y miró
desconcertado a ambos lados. El barranco tenía que estar allí, pero no había ni
rastro del mismo. En los años 50, en ese
lugar, había un ensanche del río, pero ahora
era estrecho por igual en todo el recorrido que alcanzaba a divisar.
Tras unos instantes de titubeo, finalmente concluyó que sí, que estaba en el
sitio justo. Con mucho cuidado, se deslizó de culo por el valladar, apartó el
espeso carrizo y se situó en mitad de la corriente que le llegaba por la
cintura. ¡Sí señor, aunque ya no se parecía en nada, estaba en el barranco
que llamaban La Piscina!
Sesenta años atrás,
ese barranco tenía el acceso en playita y diferentes profundidades, apto tanto para los que sabían nadar (a lo perrete
o a cuchillo, claro) como para los que no y gateaban poniendo las manos en el
lecho del río, simulando que sabían.
Allí se bañaba en agosto alguna atrevida señorita de la capital que
veraneaba en el pueblo, pero se marchaba pronto, harta de la caterva de guachos
que la miraba (por curiosidad, naturalmente, ya ves tú las criaturas…). Por las
tardes, ya entre dos luces, a veces venían a bañarse en camisón algunas muchachas
del pueblo. Al salir del agua chorreandico, con el camisón pegado al cuerpo,
otras mujeres las esperaban en la orilla con sábanas desplegadas y las
envolvían rápidamente para secarlas y
hurtarlas de las posibles miradas de algún mozo que acaso merodeara emboscado
por la zona. Los veranos que medio se secaba el río, el barranco bullía de
peces que boqueaban en el cieno, emanando el rodal un intenso olor que Genario
todavía llevaba clavado en la sesera. Ese era buen momento para llenar los
botes de renacuajos y para coger cangrejos sacándolos a mano de las cabulleras
el que tuviera valor y destreza.
Genario se ajustó el cinturón
del meyba, y se tendió en el agua. Superado el inevitable escalofrío, empezó a
nadar despacio a favor de la corriente. La poca profundidad y el carrizo le
obligaban a pasar andando algunos tramos (previsoramente se había calzado unas
zapatillas de goma). El repentino revoloteo, casi pegado a su oreja, de un ave
espantada le hizo dar una resultía. “¿Habrá sido un pato o una polla de agua?”
se preguntó, mientras mordisqueaba un junco por la parte blanca, comprobando
que seguía sin gustarle. Ya se veían pocos juncos en el río. ¿Tendría que ver la escasez con su caída en desuso como transporte de churros?
Al cabo de unos minutos calculó
que había llegado al barranco de “Los
Mocicos”, antaño el más largo y recto, el lecho de pequeño canto rodado,
donde se solían bañar los mocicos, (de ahí su nombre). Los de más edad nadaban
sacando los brazos estirados fuera del agua posándolos con elegante parsimonia y los más jóvenes,
con mucho brío y rapidez, alguno de ellos como repartiendo hostias. Los críos disfrutaban rebozándose como boquerones en harina en la tierra
de la orilla y lanzándose al agua, con el
consiguiente cabreo de los mayores, especialmente de uno, tranquilo y mansurrón él, que usaba gorro
de goma con forma de fuelle.
Genario se puso panza arriba
haciendo el muerto. Mientras su cuerpo era llevado despacio por la
corriente, revivió la inmensa paz de un atardecer, cuando ya se habían ido todos los bañistas y la superficie del
agua, espejeando los últimos rayos de sol,
se empezaba a repoblar de zapateros y de pajas trilladas de las eras
cercanas y alguna golondrina pasaba en rapidísimo vuelo rasante, emitiendo
agudos trisos.
Siguió un rato en esa posición,
ayudándose de ligeras brazadas para mantenerse a flote. De vez en cuando, oía
el chapoteo de alguna rata de agua (suponía) que, sorprendida por su presencia,
se mudaba de sitio.
Empezó a notar frío, así que
decidió darse la vuelta y nadar vigorosamente. La corriente a favor le hacía
avanzar deprisa. Genario, pensó que debajo del agua se entonaría. Tomó aire y
se sumergió justo en el momento que una nube ocultaba el sol y el agua
transparente se oscurecía. Quizá por
efecto de la falta de luz, tuvo la sensación de que estaba atravesando un
barranco de varios metros de profundidad. Miró hacia abajo y vio un bulto en el
fondo. Se fijó un poco más y…¡un latigazo de terror le recorrió la espina
dorsal, desde la curcusilla al cogote!: atrapado entre la hoba, de espaldas, hinchado
y encogido, un hombre era mecido por la
corriente. De pronto, el cuerpo se desprendió de las algas y, dándose la vuelta, empezó a ascender muy despacio, directamente
hacia Genario, con los brazos abiertos, mirándolo con sus ojos sin vida. El agua apagó
el grito de Genario, que se incorporó lleno de espanto, tosiendo de la
“gaseosa” que se había girado y apretándose el pecho con las dos manos porque
se le salía el corazón. Tras unos segundos angustiosos, la nube pasó y el sol volvió a iluminar el río. Fue cediendo el jadeo ¡Joder,
qué susto…! Poco a poco se fue serenando. Estaba erguido y se podía ver los
pies a metro y medio bajo el agua, clara de nuevo. Tras meditar unos
momentos, comprendió que había sufrido
una ilusión, inducida sin duda por el sitio donde se encontraba: el barranco de Linche, donde decían que se
había ahogado un muchacho.
Ya completamente tranquilo,
recordó. Este barranco era malo, porque aquí el cauce era más estrecho. El
valladar, con mucha pendiente, era de amarilla greda, lo que hacía divertida la
entrada escurriéndose hasta el agua, pero difícil y pringosa la salida. Miró a
su izquierda y comprobó con pena que ya no estaba el magnífico árbol solitario
que daba sombra al barranco.
Animado por la cercanía de los
puentes, se puso a nadar de nuevo. Enseguida apareció el primero, el de la carretera de La Alberca. Una vez
atravesado, enseguida se encontró ante el
puente de la carretera general,
causante, a decir de los del pueblo, de las inundaciones de los campos y de los
cortes de carretera cuando venían los aguaduchos, por la poca capacidad de
caudal de sus cuatro ojos. Genario rememoró la estampa que en su infancia veía
desde la carretera: una inmensa planicie completamente cubierta de agua, como
el mar, con los pinares a lo lejos, semejando la costa de un continente.
Andando con cierta dificultad,
atravesó el puente por el ojo que vio más luz. Cuando salió al otro lado, había
bastante carrizo. Mucho más despejado estaba aquella tarde de verano del cincuenta y tantos, en la que
varios hombres, con trasmallos extendidos a lo ancho del río, capturaban
decenas de peces que iban echando en capachos, jaleados por el alborozo de los amigos y familiares que contemplaban la gran pesca desde la orilla.
Después de remojarse la cabeza
para quitarse las telarañas y otras inmundicias del techo del puente, buscó la parte más limpia y continuó andando
por el agua, Al poco, se detuvo y miró los modernos valladares de obra y las barandillas de madera que los coronaban. Quién diría que, otrora, por ese tramo
discurrían dos cauces en paralelo: el río, propiamente dicho, y otro río o quizá un brazo sacado
aguas arriba para mover la piedra del molino del pueblo y quizás de otros
molinos ya en desuso como el molino Enmedio, que Genario no llegó a conocer.
Calculó que se hallaba, más o menos, en el punto en el que ambos caudales se
comunicaban por medio de La Zanja, un
canalillo estrecho y hondo por el que pasaba el agua con extraordinaria fuerza
y que saltarlo constituía para los guachos una prueba de valor, mal comparado
como en el desafío del salto de la quebrada en la película “Taras Bulba”.
Ruinas del molino “Enmedio”
Ya había llegado ante el puente del paseo. Le pareció más
pequeño que cuando era un crío. Lógico. Sin embargo, ahora apreciaba la belleza
de su fábrica de piedra. Pasó despacio por el ojo de la derecha y se detuvo a
escuchar en su memoria el sonoro rumor de las aguas crecidas en invierno, que,
como decía el cantar “debajo del puente retumbaba el agua, retumba, retumba”,
mezclado con las voces infantiles amplificadas por la bóveda de ladrillo.
Al otro lado del puente,
continuaba el nuevo valladar de obra, antaño espeso matorral, donde la
chiquillería jugaba emboscada a los bandidos (“¡Pa, fulano!”, dicho en voz baja
para no descubrir la posición, era el disparo que eliminaba al enemigo
sorprendido).
Nadando deprisa porque ya veía
el final del recorrido, llegó ante el puente
del Rey y, no sin esfuerzo por lo empinado y liso del valladar, salió del
cauce, bastante sucio en ese tramo, y se sentó en el pretil del puente. Durante
unos minutos, su pensamiento navegó
aguas abajo hasta llegar al barranco de
las Compuertas. Este barranco, el más profundo con diferencia, le parecía
peligroso y siniestro, quizá por la prohibición (inútil, claro) de sus padres de bañarse allí, quizá por el
color oscuro que confería al agua el suelo del cauce, encementado en ese tramo,
que tenía escasa profundidad en unos
cuantos metros hasta que, bruscamente, la plancha de cemento se quebraba en
una honda sima, más negra aún, cuyo
fondo pocos guachos alcanzaban buceando.
Ensimismado mirando la
corriente, Genario recordó su infancia por aquellos parajes. Veía
confirmarse la teoría de Heráclito: nada
quedaba ya de aquel río y menos aún del niño que se bañó en sus aguas.
-Ea, hermoso, así es la vida
para todo el mundo- se dijo con filosófica resignación.
Sin embargo, la certidumbre de
que aquel particular universo vivido se desvanecería en la nada cuando toda la
chiquillería de aquellos años hubiera cruzado la carretera general camino de la
blanca tapia por la que asoman los cipreses, le produjo un brotecillo de
melancolía. Con este triste pensamiento, empapado y aterido de frío, echó a
andar cansinamente camino del paseo, donde había dejado el coche, cerca del bar
de Poro.
De pronto, una idea fulgió en su
cerebro como la pólvora en la noche de
la víspera de la Virgen de Agosto: ¡Eso es! Escribiría todo lo que
recordaba de esa época. Así pervivirían algunos retazos de los paisajes y
ambientes de ese tiempo. Además, si lo introducía en Internet este medio
permitiría las aportaciones de comentarios, fotos, aclaraciones, etc. de los
muchachos de la década de los años 50 del siglo XX, hoy también sexagenarios
como Genario. Quién sabe si dentro de
cien o de mil años, algún provenciano curioso se toparía con este baúl de los
recuerdos cibernético y se entretendría un ratillo con las estampas de ese mundo que, ya hoy, a principios
del siglo XXI, parecía primitivo. Era muy poco probable, pero… En todo caso, daba gusto pensarlo.
Animado con esta ocurrencia, Genario
apretó el paso iniciando por lo bajinis la canción de Pepe Baldo “Pa donde vas
Juan Salvador pregunta el trote de mi caballo…”. Ya veía el coche. En cuanto
llegara a su casa, se pondría ropa seca, echaría una buena lumbre en la
chimenea y le pediría a su mujer que pusiera trébedes y sartén y le preparara
un par de huevos fritos y unos choricicos con pisto y, por qué no, también alguna
magra de acompañamiento. Mientras se fuera haciendo todo, sentado junto al
fuego, Genario se iría entonando con un cacho de queso bien curado en aceite y
un generoso campano de Canforrales. ¡Por
la Virgen del Rosario, que no era mal plan!






